-¿Quién sos?- le pregunté y debajo de sus cejas oscuras asomaron sus ojos marrones, destellantes de momentos, sufrientes de soledad, para mirarme y entre ruidos de calles, saludarme, al principio la calidez fue fingida, luego ella me hizo pasar.
Su nombre resonó hueco, evidentemente era el milagro que menos me importaba, no podía dejar de observar con el mismo detenimiento de siempre pero en otra ciudad, con otro aire y con otra playa, el lunar que coronaba su sinuosa pero delicadamente armoniosa nariz.
No sonaba ninguna canción, o al menos yo no escuchaba más que su voz. Tomamos cerveza, me invitó a fumar, luego ella me invitó a pasar.
No podía mirarla sin pensar que ya existía, no podía negar que la inerte cromaticidad de su rostro era nueva en mi mundo, que su ideal estatura, la música de su voz y su sueños hicieron en mi que la conozca de antes, tal vez de vidas pasadas, tal vez de sueños pesados.
Me sentí morir en su tristeza, me hice llanto en su soledad, todo en mi sabía que no podía quererla, que ella no era ella, que era un punto más del círculo inmenso, agónico que sólo es mas leve, menos eterno cuando estoy solo, cara a cara con mi filomisantropía.
Hablé de cine, de teorías mundanas, hablé de lo excelso de vivir, les confié mis miedos y ella latía conmigo, pero permanecía siempre con la inestable inmovilidad del que no se anima a saltar.
Le pedí un suicidio, confié en su ilusión, me desangré de extrañarla y nunca llamé...luego ella me hizo pasar.
Y yo me quise quedar, juro que si esa cerveza no estaba caliente, me quedaba, para luego arrepentirme, claro, dinámica absurda que siempre cruzó mi vida.
Le expliqué no podía, le rogué que me dejara hacerlo y ella no hizo nada, solo me explicó que no creía en nadie, se negó a extrañarme, se dedicó a archivar nuestro encuentro en la prisión anecdótica, cómo si para mi hubiese sido un buen recuerdo.
La ingratitud del calor me devolvió a sus sienes, no puedo perdonarme los abrazos que no dí, no puedo perdonarle la distancia infranqueable con la que siempre miró.
Su duda se hizo carne en mi, su inseguridad hirió de muerte mi esperanza. Lo que nos separa no son kilómetros, la distancia física es un ínfimo factor, lo que nos separa es la irreverente voluntad de renunciar.
No puedo exigirle nada que yo no pueda dar y eso reduce mis posibilidades de un segundo encuentro, tal vez vivamos alguna vez en la misma ciudad, tal vez un día, los dos decidamos dejar de escapar.
Quise dejarme ser, quise huir por un momento de mi ruin afán de incomprensible, quise que nada nos toque, me mostré duro pidiendo a gritos que me dejara llorar en sus ojos.
"Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido"...fue solo un eslabón perfecto, preciso, en la cadena de sucesos que en mi vida siempre desembocaron en la angustia que me excede, fue ella esta vez, fue otra ayer, nunca fue nadie sin mi, nunca existió sin que yo se lo permitiera.
Volé con su viento...luego ella me hizo pasar.
1 comentario:
Hasta siempre voy a saber, cuál era tu sinfonía predilecta. Y así la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.
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